PREVENCIÓN O CURA: LAS PRÁCTICAS PARA MANTENER LA SALUD
Es habitual que solo busquemos ayuda cuando el estrés ya ha llegado a su punto álgido, cuando la ansiedad nos supera o cuando los primeros síntomas de una enfermedad aparecen. Sin embargo, la práctica del mindfulness nos ofrece una enseñanza invaluable que nos permite prevenir el sufrimiento o, al menos, vivirlo con mucha menos intensidad.
Por eso, no espero a sentirme mal conmigo mismo ni con los demás, ni a preguntarme qué hago aquí para merecer tanto sufrimiento. Actúo antes, me preparo para los momentos difíciles simplemente avanzando en mi evolución personal.
Cuando me siento bien, me detengo a saborear esa sensación de bienestar. Así, puedo practicar por la mañana con más energía, intención y voluntad. Y durante el día, me detengo a observar los momentos bonitos que me ocurren: la sonrisa de un niño, un abrazo inesperado, el canto de los pájaros por la mañana, un gesto amable del vecino o del colega... Cualquier cosa que riegue las semillas del amor incondicional, la compasión, la paz, la alegría... Vamos cultivando estas semillas, como nos enseña el maestro Thich Nhat Hanh, deteniéndonos en esos instantes y respirando tres veces de forma consciente. Esto expande nuestra atención y plena conciencia, de modo que, cuando lleguen los momentos difíciles —es decir, cuando una circunstancia despierte nuestras semillas de desesperación, agotamiento, miedo, enfado o culpabilidad—, seamos capaces de acoger estas emociones sin juzgarlas, simplemente estando con ellas. Las recibimos con plena conciencia.
Será entonces mucho más sencillo, en esos momentos, detenernos y dar un paso atrás para obtener una visión completa y profunda de lo que realmente está sucediendo. Así, podemos abrir espacio a la compasión, al amor y tener una percepción más clara de la realidad. Podemos transformar los pensamientos y las emociones para seguir el camino que deseamos, porque sabemos que nos hace bien, antes de que esos pensamientos, seguidos por las emociones, se conviertan en una acción impulsada por ellas. El objetivo es que la acción surja de otro lugar: el de la calma, la tranquilidad y una visión clara y profunda.
De esta forma, entrenamos nuestra fuerza interior a tal punto que resultará mucho más fácil no desviarnos demasiado de esta línea de paz, quietud y alegría, y poder regresar a ella en menos tiempo, con menor gasto de energía y con más conciencia de lo que ocurre, como un espectador atento de la vida.
Y podemos seguir en la misma dirección con la práctica de la gratitud por la noche, antes de acostarnos. Una vez en la cama, nos preparamos para el sueño simplemente llevando nuestra mente a todos los momentos bonitos que hemos vivido durante el día, aquellos que nos han llenado el corazón y por los cuales nos sentimos agradecidos. Se recomienda empezar con tres, como explico en mi libro ‘Mis prácticas diarias: crea y refuerza tu rutina física y mental para vivir en plenitud’, pero será muy sencillo añadir más y más momentos hasta que nos quedemos dormidos. Así, el subconsciente trabajará en estos instantes, guiándonos hacia un sueño reparador y duradero, y nos despertaremos frescos por la mañana, listos para nuestras prácticas matutinas.
De este modo, nuestro estilo de vida también cambia, volviéndose saludable, y todo a nuestro alrededor empieza a iluminarse.