Bienvenida Pluma, Hola Daniel
Aún resuena fuerte en mí el sonido de tu voz, tu risa profunda que seguía a tus bromas, tus observaciones siempre llenas de amabilidad, tu ingenio juguetón y tu increíble sabiduría. Cada conversación con mi padre de corazón era un paseo en primavera, entre árboles y flores frescas, un camino que nutría el alma. No fue casualidad que te manifestaras en forma humana justo el 21 de marzo, cuando las flores florecen y el aire se embriaga con sus perfumes, cuando los árboles se llenan de frondosas copas y la energía del despertar nos envuelve como un manto que nos regala una sonrisa, un paso de baile, una renovada confianza en la vida.
Mientras el sonido de tu voz resuena en mis oídos, siento un nudo en el corazón. Sentada en el parque de Punta de la Mona, te busco entre las nubes que pintan el cielo azul, entre las frondas de los árboles que me dan sombra, entre las laboriosas hormiguitas que pasean, en la mariposa de mil colores que viene a saludarme. De repente, una pluma blanca se posa grácilmente a mi lado. Pienso: "Oh Dios mio...", y me parece oírte... "no...Daniel", seguido de tu fresca risa. Sonrío... "Bienvenida Pluma, Hola Daniel.... Gracias por venir a visitarme. Ya te echaba de menos. Sabes, hoy estoy triste porque no puedo llamarte." La pluma me responde: "Estoy aquí, ahora, cuéntame."
Mi maestro Thich Nhat Hanh me enseña que nada nace y nada muere, que todo se transforma. Cuando las condiciones son las adecuadas, una manifestación ocurre, y cuando estas condiciones cesan, esa esencia ya no puede manifestarse en un cuerpo y se dice que muere, pero en realidad simplemente adquiere otra forma. Sufrimos cuando perdemos a un ser querido porque pensamos que desaparece para siempre, que deja de aparecer. Pero en realidad lo hace en otra forma. Entonces me doy cuenta de que necesito aprender otro lenguaje ahora para poder comunicarme con Daniel, un lenguaje que va más allá del espacio y el tiempo y me acerca a mi verdadera naturaleza.
Thay dice que una ola del mar sonríe cuando nace, pero también sonríe cuando muere, porque sabe que es el agua y que, al morir, se une a esa inmensidad. Sufrimos porque no sabemos quiénes somos realmente; nuestro conocimiento sigue siendo muy superficial. Sufrimos porque no recordamos quiénes somos ni quién es la persona amada que abandona su cuerpo. La parte de nosotros, el alma, que recuerda quiénes somos de verdad, se regocija por el regreso de la ola a la inmensidad del mar. Pero Marina, que tanto amaba a su papá canadiense, sufre por no poder escuchar más su voz. Y sin embargo, sigo sintiéndola en mis oídos. Y si estoy en silencio y le hablo a Daniel, en forma de pluma, en realidad... puedo escuchar sus respuestas a mis historias.
Este verano en Plum Village, una monja durante un dharma talk nos contó que le gusta mucho pasar tiempo con los bebés que vienen de retiro con sus padres porque ellos aún recuerdan de dónde vinieron y quiénes son realmente. "Me encanta observarlos y estar un rato con ellos", decía, mientras pregunto: "¿Quién soy de verdad? ¿De dónde vengo?". Recuerdo cuando mi hijo era un recién nacido; su mirada era atenta y profunda, parecía ver mucho más de lo que mi vista podía alcanzar. Me miraba a los ojos y parecía leer mi alma, mi verdadera esencia, y se comunicaba con ella en un lenguaje silencioso y presente.
La desaparición del cuerpo se convierte, por tanto, en la oportunidad de encontrar el camino de vuelta a casa. Yo soy mucho más que este cuerpo, y Daniel es mucho más que ese cuerpo que se apagó, cansado y agotado. Pero mi parte humana, que quiere aferrar y mantener todo para siempre, olvida la impermanencia de todo, olvida saborear cada instante y vivir el presente con alegría. Y sufre esta pérdida. Entonces acojo esta tristeza, la reconozco. La transformación de Daniel fue la condición que hizo florecer esa semilla de tristeza que hay en mí. La siento con fuerza, mi tristeza, echo de menos a Daniel. Echo de menos esa forma. La quiero a toda costa, no puedo tenerla, sufro. Y no me queda más que acoger esta tristeza y estar a su lado como a un niño que necesita atención, cuidado, una caricia. Siento compasión por mi parte humana que lo necesita, que olvida que las cosas cambian porque la existencia humana es así: fugaz y hermosa. Y creo que lo es precisamente porque nos invita a estar atentos y presentes aquí y ahora; a saborear cada instante y a recordar nuestra unión con algo mucho más grande.
"¿Qué te parece, Daniel?". La pluma, movida por el viento, empieza a revolotear delante de mí, ligera y sin resistencia, en una grácil danza. Y me parece escuchar una de sus sonoras risas. Sonrío... y lo saludo con la mano y una lágrima. La sonrisa es la sonrisa del alma; la lágrima es de mi ser humano.